Púrpura
Bogotá que es noche, fiebre, baile, pista. Este sitio que no es lugar, sino estado onírico, de vida libre.
Para mi amigo adorado.
Es un ritual delicado. No se revela su ubicación. Quien oye el nombre, sabe. Se pregunta, tal vez, entre quienes están familiarizados, de qué se trata, se recibe reconocimiento, un entendimiento tácito, capaz que coordenadas. Siempre de madrugada, en la alta noche que ya es otro lapso temporal. Se llega cuando la franja de cierre se está imponiendo en otros lugares. Se llega a través de un sujeto. Lleva gorra, tiene el pelo rubio y largo. Tiene un garbo de estrella de glam de otro tiempo. Se llega por una acera desgastada de una avenida principal bogotana. Se llega a la deshora. Se llega porque no se ansía aun detener la ceremonia nocturna, porque en los sentidos la fiesta, avizorada, flota; porque no es hora de ir a casa, porque hay una peculiar disposición. Un limbo apetitoso. Se llega porque hay que estirar la temporalidad, porque no basta. Se llega a un umbral de tiempo poroso.
Maderas desgastadas. Se pierden los contornos precisos, adentro, luego de unas escaleras, aquí todo esta derruido, aquí todo tiene una forma de belleza que requiere aguzar la mirada, es decir, sobrepasar las apariencias, los uniformes ideales, la asepsia de la pantalla táctil. No hay ventanas. A veces luces. Puede estar encendida la pantalla de fondo. Se tiene la impresión de que a veces es más luminosa la atmósfera, o que a veces es devorada por la neblina de los sentidos que van adquiriendo el vapor de la consciencia estirada.
Debo decir, puntualizar, que es este un ritual delicado, - para quien esto escribe -, con uno de mis amigos, uno preciso y el único con el que abro esta compuerta sensorial, la voluntad de pasar también el lapso regular de la noche, es decir, es un ritual exclusivo con mi amigo adorado. Hay una superstición, una magia y una ceremoniosidad en esto. Sostengo que si no asisto en su presencia a este lugar, algo pasa, la membrana protectora se debilita. Sostengo que sin él, no me estiro hasta la geografía sensitiva que todo esto implica.
Es él, justamente, quien ha descrito este sitio con las palabras adecuadas. Digo – o insisto - que es un ritual delicado, porque para mí es más que una perniciosa búsqueda de fiesta extensiva, porque entre nosotros ha florecido un rito, uno que tiene que ver con la mirada, con la noche, con el baile, con el contraste, con romper con ese otro costado que ambos compartimos, solemnes y espartanos, entregados con frecuencia a otras disciplinas, las diurnas, las laborales, las intelectuales, las de las páginas. Hay una sustancia, un asunto del espíritu, del ocio bohemio y clandestino, del sobrepasarse de los sentidos, de soltura, de trance, pero, también, de custodio. To unself, pero hacerlo en el contorno del cuidado. Frase de él, cuando un día, luego de haber estado allí en nuestra mutua compañía, se lo reitero, la voluntad de cuidar - palabra tan vaciada en estos tiempos digitales - “el fuego también es custodio”, replica. Entro a Púrpura con mi amigo porque entre los dos, lo sé, se forja una especie de aura, dije antes membrana, una cosa que nos guarda, que nos salva, porque la noche, sobre todo en la deshora, se puebla de fuerzas acechantes, porque hay un vértigo y un vacío, porque quienes vamos a la pista, a la calle, estamos en la vulnerabilidad mortal, la de una ciudad que antagoniza también con su virulencia explicable, la que está llena de monstruos de desigualdad que afianzan despojo y gestos ariscos.
Allí, algo más. Es un ritual que entraña eso: la búsqueda del contraste.
No hay contraste en la pantalla, en la cuadrícula blanca, bidimensional, plana, en el régimen del mute y del like. No hay contraste en un chat. No hay contraste en la mediación de la subjetividad que sucede a través del algoritmo. El contraste es la calle. También los afectos que transcurren en horarios donde el sol aún alumbra la vida, pero que nos rozan, que nos afectan, que nos tocan, que nos mueven. En este caso, el contraste está en la noche. Sin embargo, opera como un símbolo de algo más. Largos fueron mis años ensimismados, de poca fiesta y de poca amistad. En la mediana edad – tal vez este sea el título de mi llamada crisis – me he abocado más al festín como una manera de abandonar el yo, la pantalla, la mente constreñida en sus propios contornos. Una búsqueda que se remonta también a la juventud que me tocó vivir. Había que buscar la vida. Había que hablar con otros. Había que sobrepasarse las limitaciones de no tenerlo todo tan disponible. No había cómo poner una canción por un arrebato o capricho. No había cómo fotografiarlo todo. Los minutos se compraban en las tiendas de las avenidas. No había cómo enterarse de una fiesta o de un lugar a menos que te rozaras con el mundo. Hacer de la fiesta un rito ha sido una manera de reencontrarse con esa subjetividad. Estudiar algo, vivirlo.
Eso es un ritual. Un mecanismo por hacer sentido. Para Chul-Han, acciones simbólicas que estructuran el tiempo. Dice que crean comunidad. Acá diría que estoy expandiendo el sentido de lo que es ritual y que estas líneas apuntan a mostrar como éste crea amistad.
No es menor esto porque la amistad aquí sucede entre la orilla masculina y femenina. Con todas las disonancias del tiempo. Criados en mundos distintos. Existencias paralelas. Convergencia milagrosa que se cultiva. La amistad como lugar también de hacer sentido, de pensar el mundo y mirarlo, de crear expediciones noctámbulas para refrescar la sobriedad de los días.
Todo encuentro auténtico, ha dicho también mi amigo, constituye una danza en la que uno y otro toman ritmos, iniciativas; en ese encuentro con el otro, salimos de nosotros mismos. Arder en la noche es proteger el fuego. Ardor, custodio, cuidado. Pienso ahora que toda esta pieza es un mecanismo por rehacer ciertas palabras, por endosarles un sentido que solo adquieren en el terreno del contexto en que se animan. Pero, me dejo conducir por las bifurcaciones de la mente que escribe.
Llego entonces a un punto central. Eso, salirse del propio yo. To unself. Habitamos el mundo enmarcados como somos en sujetos solitarios, vivimos el mundo desde nuestros ojos, pecho, corazón. Pero, vivir verdaderamente requiere abandonar la soledad para encontrarse con el mundo, para encontrarse con los otros, con el otro. Salirse entonces del yo en la noche bogotana, que a esa hora, en ese punto, ha arribado a lo que seguro he llamado antes un sórdido esplendor. Estamos tan habituados a entender belleza de un modo que lleva pronto a la convención. Al consumo. La belleza como bien consumible. La belleza mediada, de nuevo, por los medios, o por las falacias de la uniformidad digital. La belleza de Púrpura requiere otra manera de mirar.
*
Quiénes vienen aquí. Un relato siempre es un atisbo, una fracción, una mirada precisa e ínfima. El sitio me antecede, ha tenido ritmos y famas distintos. Mi adorado amigo suele encontrarse con personajes que conoce aquí, y ese rasgo suyo – entre otros - me maravilla, porque además de ser un sujeto distinguible, imperdible, el garbo y el atuendo, los modos y el habla, además de ser el Odiseo caminante, posee la generosa estampa de sostener la conversación con todo tipo de personajes. Me he visto conversando con seres de insólitas estéticas cuidadas, con chicos tristes, con personas que defienden una vida sostenida en el sentimiento y el arte, con preciosos seres que exhiben las señales del punk en su corporalidad visible. Me he visto, - porque todo se desdibuja como si se traspasara a la cualidad que tiene un filme -, en distintas esquinas escuchando, o hablando con el personaje que me introduce mi amigo.
Aquí no hay tiempo. Aquí siempre es de madrugada. Aquí hay una cualidad onírica. Esa que retorna, después, al menos en mi fuero interno, porque me sorprende, me sobresalta el contraste. Qué distinto es el lunes al medio día, el martes a la media mañana. En todas partes están los seres que habré visto. Quiero pensar que todos estamos salvos en nuestra mortalidad, restituidos a nuestras habitaciones, salas, baños, luego de habernos rozado, así sea por un instante, en ese lugar. Mi vampirismo es limitado. Me he arrancado cuando la luz ya enciende la ciudad, nunca más tarde, nunca he llegado a la alta mañana, nunca al medio día.
No es un lugar, dice E. Es un momento de la noche.
Es un sueño. Lo estoy mirando esta vez. Un atuendo de leopardo. Un vestido que se desborda de Almodóvar. Detrás de las gafas oscuras y los guantines negros. Repasar, ¿se puede? Todo se evapora en ese precioso vaho que queda cuando una noche aquí es bella. He sido resguardada siempre. Hay un amoroso espíritu que me colma por el muchacho joven, muy joven, cuyo nombre no revelaré, que atiende la barra, que maneja todo ese vapor de noctámbulos,
Hay miradas insistentes. Escenas que se escurren y se desbordan. Como si se fugaran a otro tiempo, como si no se supiera si son ciertas.
Hay luz, esta vez. El varón del punk, todo bello y corpulento, con una comitiva. Un séquito de cuerpos estilizados. Se avistan a veces seres más lúgubres, recuestan su somnolencia contra le mesa. Estamos mecidos por la nicotina que todo abarca. Se colma, se llena. Hay cuero y hay alegría. También puede haber una línea, un ligero margen que anuncia un temperamento arisco. Hace semanas que avivo este texto en el cauce que implica escribir. Se han destilado las imágenes. Las viñetas de las noches allí. También, regia, espigada, una presencia fulminante y al tiempo, serena, la esposa de mi adorado amigo, vinilo y maquillaje, un ensamble divino, como una emperatriz, también cuidándonos, mientras hablamos, siempre hablamos.
Si bien fracaso en esa labor indispensable de la narrativa, de describir con vivacidad e ingenio las escenas, los personajes, la atmósfera que aquí se respira, me queda siempre una especie de irrealidad en los sentidos. ¿He estado allí? Retengo siempre una cosa que se repite. La más bella de todas, para mí. Estamos en ese estado, somos parte del paisaje onírico, huele a cigarrillo, el sitio se ha desordenado, no sabemos qué hora es todavía, y estamos, mi adorado amigo y yo, plantados el uno junto al otro, y estamos mirando, estamos hablando, estamos haciendo sentido. Ha sucedido en la esquina más profunda del fondo. En la barra. Sobre las mesas que se albergan en los escalones que conducen a otras esquinas.
Ansiamos libertad en esta hoguera. Ansiamos un estirón de la noche. La noche se acaba, quiero repetir y siempre quiero creer que todas las criaturas regresaron a sus casas, que tienen un resguardo, que estarán también cargando con las marcas de este sitio. Entro al vapor de un baño caliente siempre que arribo. Purifico.
Justo después de mi celebración cumpleañera del año anterior, mi amigo y yo intercambiamos unos pensamientos sobre la noche Púrpura. Esto me dijo:
Pues quería recuperar esta idea porque uno de los objetos de inquisición de mis noches está relacionado con el Daemon (en griego δαίμων), que se refiere a una presencia que intermedia entre nosotros y la tempestad, como si fuera una segunda piel, una coraza.
Perder un objeto en las noches púrpuras significa haber experienciado una falla epidermial en el Daemon, probablemente por haberle fallado nosotros a él de alguna manera.
Y es que lanzarse a las noches púrpuras representa mucho más que “ir hasta allá”; si uno no está entero y compacto (me refiero, en el daemon), es muy probable que sucedan acontecimientos funestos. (…)
Salir a la noche implica arrojarse al peligro, pero no de manera inerme: fíjese que hay una aparente contradicción que se resuelve fácilmente cuando usted entiende el concepto del Daemon.
Salir a las noches púrpuras sin intermediación divina es convertirse no en el sujeto del sacrificio sino en el objeto del sacrificio.
Que la noche sea la sustancia, no significa que podemos abordarla desprevenidos. Y esta es la teoría mística que le traigo esta tarde de sol, a propósito de lo que perdimos (y ganamos) la última vez.
De Púrpura, se sale muchas veces cuando el sol apabulla ya el nuevo día. Es un momento feroz. La realización del exceso. El contraste que somos, desencajados, ojerosos, ante la calle con sus transeúntes que inician el día, montados en bicicletas, moviéndose en ropas deportivas. La ciudad inicia. Los vampiros no resisten el brote de ese sol. Los mortales púrpuras, sí.
Ansiamos libertad en ese sitio. No colmé todo cuánto quería con estas líneas. Quería conjurar el delicado rito junto a mi adorado amigo, quería escribir sobre el sentido y la poesía, sobre el fragor de la noche bogotana, sobre la intensa mirada que allí se agudiza, entre las paredes y la nicotina. La sordidez que, en ciudades como las nuestras, arroja una resistencia, una peculiar señal de aquello que es bello, en su ruina. Quería retener algo de esa vivencia onírica. De ese gesto de libertad que no es posible si no hay un cariz de cosa clandestina, de desorden, de eso que en inglés se dice gritty. El contraste como modo afectivo. Poder vivir.
Cómo no sellar esto con una posdata ineludible. Son esos los espacios siempre bajo peligro cuando asoma el fascismo. Es la desobediencia vital la que perdura como rebeldía.
Los vampiros no resisten la presencia del sol que anuncia justamente que ese punto es un estado de la noche, una cadencia de la temporalidad. Los mortales púrpuras sí. Del ardor sobrevivimos, porque nuestra libertad es querer seguir vivos.


