Chanel
Notas sobre el comentado desfile.
Miré Chanel. Consigno unas notas sobre la fiebre que asedia las redes. Sobre el frenesí que acapara la lógica del fashion del norte global: el juego de fantasmas, de reconfiguraciones, eso que se ve en Balenciaga, Valentino, Dior - seres del presente ante la extraña tarea de revivir las formas de otros, los que se inventaron la moda del siglo 20, lejana y distinta en su mecanismo piramidal y de poco acceso.
No soy ágil ya para escribir en el fragor de la velocidad. Ya la cuadrícula digital a la que tengo acceso fue desbordada por el tema. Los grandes medios. Los que estaban allí sentados. Las cuentas que promueven algo similar al reportaje. El circuito influencer.
Quienes se relacionan con este mundo, saben el contexto. Coco Chanel murió en 1971. Karl Lagerfeld entró a dirigir la casa en 1983. Lo siguió Virginie Viard - que, a mi parecer, fue juzgada injustamente. El descenso comercial reabrió la conversación, el juego: quién rellenaría el sitio de una de las casas del fashion más talismánicas y místicas de todos los tiempos. Matthieu Blazy, el sonado capitán de las etapas recientes de Bottega Venetta. De fondo, retorno a la idea fundamental: este es el sistema donde se pretende revivir fantasmas constantemente, es la lógica de la reinvención, el delicado oficio de resignificar; leer el zeitgeist, el espíritu de la época, conjurar fórmulas comerciales, sin nunca jamás abdicar o abandonar una visión ajena.
Para leer una renovación de este tipo no basta con el frenesí que incentiva la saturación visual. La historia es indispensable. Pero, el conocimiento histórico es uno de los aspectos que más carece este mundo de efervescencias efímeras, de atenciones escurridizas.
La moda es hype, espasmos de atención que tienen el ritmo del espabilo. Es falsa novedad. Si bien las pasarelas son un supuesto instante compartido por la digital fashion gaze, esa mirada tiene poco de gaze (intenso mirar), más de scrolleo que de contemplación. Para comprender la moda hay que saber mirar.
Sobre Chanel hice un estudio independiente de un semestre entero en mi temporada como estudiante neoyorquina. Antes, me había educado sobre ella leyendo a la gran Judith Thurman. Más tarde sería la doctora Rhonda Garelick. Mi fijación en ella, en la juventud, tenía que ver con algo puntual, un propio deseo que alucinaba ante su presencia: la capacidad de encarnar una mujer de su tiempo. De serlo y de empujarlo a través de una revolución biográfica y estética. Allí están las oscuridades de ella. Las complejidades de su figura, lo complicada que fue. Cualquier mirada histórica evita caer en las versiones simplistas. No fue ella únicamente quien deshizo la constricción sartorial para las mujeres, no fue solo ella quien vio en lo ‘masculino’ un modo de modernidad, de libertad de movimiento, otros diseñadores de su tiempo, impregnados por la atmósfera de la modernidad del siglo XX lo hicieron también. Pero, ella era mujer. Ella estaba avanzando socialmente. Ella fabulaba su biografía de manera constante. Las épocas tienen sus imaginarios, sus ideales femeninos, Chanel inventó una estética, sembró una filosofía del estilo, porque ella misma la vivía en la piel.
No siempre fue pionera. Cuando volvió, en los 50, con el ahora histórico traje Chanel - el mismo que inmortalizó Jackie Kennedy cuando asesinaron a su esposo a cielo abierto - Mademoiselle apeló más a las damas de alcurnia estadounidense.
En 1956, la revista francesa L’Express dijo: “¿Qué es Chanel? Lo que toda mujer lleva puesto sin saberlo”. Una filosofía es un conjunto de saberes, de principios y eso es, sobre todas las cosas Chanel. Los cimientos de la modernidad vestimentaria para las mujeres. Cómo se ve eso. Las hileras de perlas largas, los cinturones de cadenas, los trajes de bucle, las carteras acolchadas, los zapatos beige y negro, la perfumería modernista y Art Deco.
No siento que las pasarelas del norte global sean índices del pulso cultural. Son síntomas de un sistema que subsiste, apegado a sus mecanismos y que, curiosamente, se basa en la “novedad”, pero que vive de fantasmas, y que al final lo que produce es mercancía. Los cambios del mundo digital, los sismos visuales, el hecho de que la moda sea ubicua, objeto del clic, hace que hoy las pasarelas sean realmente about beautiful clothes. Y, tal vez, es hora de asimilar eso, de no esperar grandes espectáculos, de abdicar al shock que otrora caracterizaba a este mundo, más hermético, más cerrado, donde la sorpresa era más posible.
Una de mis maestras,- porque la leía con fervor siendo una jovencita ansiando calcar y obtener su capacidad analítica - Cathy Horyn, siempre ha insistido en discernir de la pasarela el modo en que la ropa que allí aparece hallará lugar en el cuerpo vestido. Siempre ha sido una de las características de su escritura. Fue tremendamente generosa con Blazy. No he querido leer demasiado de otras plumas para producir esta mirada mía.
Qué hubo entonces en esta ansiada renovación. Camelias abstractas. Reinvenciones del traje Chanel. Chaquetas de paño, masculinas, cortas. Zapatos insignes en versiones más afiladas (cocodrilo rojo, puntas cuadradas, el bicolor con pistacho. Perlas más crudas, largas, con aire marino. Un lenguaje habitual de bolsos, pero abiertos, en tamaños distintos, con imaginaciones que conjuran los fundamentos y algunos giros. Camisas grandes. Tweed en versiones imaginativas. Unos trajes en particular donde el tejido se hace más grande,
Blazy no es Lagerfeld. Pero revisó bien el archivo, logró la alquimia, le restituyó al recinto del desfile ese halo de espectáculo (planetario, astral esta vez), que fue parte del showmanship de Lagerfeld. No creo que haya que buscar la novedad hiperbólica. Lo que Blazy logró, con destreza, fue volver a aquella frase de 1956, a la fuente. Revivió lo que es Chanel - no solo el lujo místico, no solo la cumbre de la opulencia fantasiosa: una filosofía. La de una mujer que creía en el amor - y prestaba elementos de sus afectos masculinos - y en el trabajo - y que, por ende, abogó por la soltura, la defensa de la premisa francesa de lo chic, basada en eso que se ve libre, sin esfuerzo. Lo que algunas mujeres desean rotundamente: verse estilosas con la posibilidad de mover el cuerpo ágilmente, con esa seguridad que sobre todo Chanel comprendió hace más de un siglo.
El trabajo de revivir los fundamentos de una casa como Chanel consiste en revisitar de manera permanente un archivo. Es el ingenio de un alquimista. Para discernir verdaderamente si Blazy si lo hace y de qué maneras lo consigue, no basta con el entusiasmo superficial del zumbido noticioso. No estoy de acuerdo con Horyn, ni con el periodismo, ni con las superflua noción de que las influencers tienen discernimiento de la moda más allá del gesto indulgente de decir que todo es divino y revolucionario - no es lo nuevo lo que debemos mirar en la Chanel de Blazy, es su habilidad de ir a la historia, a la fuente, a ella, como inventora de algo que rompe los ciclos contingentes del tiempo. Eso sí, lo concedo, lo hizo. Y al hacerlo, nos pone de frente con algo que se sigue perdiendo en el scrolleo infinito: la materialidad de la ropa, su factura, cómo acoge el cuerpo, qué hace en la silueta femenina. La imagen y el sentimiento; la apariencia y el movimiento libre. Qué filosófico sigue siendo eso en el debate de la moda y el estilo. Por eso Chanel ha logrado algo parecido a la “universalidad” porque lo suyo fue un conjunto de principios, una comprensión aguda de cómo, en el vestir, se cruza la corporalidad, encarnada, y los muchos estados de la psiquis.











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